Michel Foucault, en su libro Las palabras y las cosas, escribió:'
“Cada episodio, cada decisión, cada hazaña serán signos de que Don Quijote es, en efecto, semejante a todos esos signos que ha calcado.
Pero si quiere llegar a ser semejante a ellos, tiene que probarlos, porque los signos (legibles) no se asemejan ya a los seres (visibles) (…) Al asemejarse a los de los cuales es testigo, representante, análogo verdadero, Don Quijote debe proporcionar la demostración y ofrecer la marca indudable de que dicen verdad, de que son el lenguaje del mundo. Tiene que rehacer la epopeya, pero en sentido inverso: ésta relataba (pretendía relatar) hazañas reales, prometidas a la memoria; Don Quijote, en cambio, debe colmar de realidad los signos sin contenido del relato. Su aventura será un desciframiento del mundo: un recorrido minucioso para destacar, sobre toda la superficie de la tierra, las figuras que muestran que los libros dicen la verdad. La hazaña tiene que ser comprobada: no consiste en un triunfo real —y por ello la victoria carece, en el fondo, de importancia—, sino de transformar la realidad en signo. En signo de que los signos del lenguaje se conforman con las cosas mismas. Don Quijote lee el mundo para demostrar los libros. Y no se da otras pruebas que el reflejo de las semejanzas”.
Don Quijote intenta regresar al orden de lo simultáneo y de las correspondencias. Intenta… y a ratos lo logra. Pero como transita un tiempo en el que la verdad de las cosas ya no se sustenta en lo semejante, él mismo no puede dejar de ser representación, máscara, simulacro de un tiempo anterior a su tiempo. Por eso Don Quijote se parece a sí mismo. Quiere volver a ser un héroe medieval, repetir sus hazañas, pero sólo logra repetir su propia condición: representar, representarse en el teatro de su mundo. Allí él es su propio signo, su propia cita (sobre todo desde la segunda parte de la novela). Su ser es el ser del lenguaje de la representación.
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