Cogióme el comienzo del invierno en un lugar en donde, no encontrando conversación alguna que me divirtiera, y no teniendo tampoco, por fortuna, cuidados ni pasiones que perturbaran mi ánimo, permanecía el día entero solo y encerrado junto a una estufa, con toda la tranquilidad necesaria para entregarme a mis pensamientos.
Y así, en soledad, Descartes “crea” un mundo, un orden, y, sobre todo, una manera de pensar ese mundo y ese orden —que es también una estrategia para meditar sobre el pensamiento mismo—. Así el problema del conocimiento se centra en el hecho de que toda investigación debe comenzar planteándose el problema de lo que significa investigar. De ello se desprende que, como dice Cassirer, Descartes comience “ofreciendo una lógica, no de la descripción y la exposición de los hechos, sino del descubrimiento y la investigación”. Esa lógica no se propone comenzar atendiendo al acaecer empírico de las cosas, no busca —en principio— explicar los accidentes de la naturaleza ni mucho menos hallarle un sentido al ser de los cuerpos que la componen, sino que busca una certeza, una verdad independiente de los hechos, de las ciencias trascendentales y animistas. Se trata de una verdad que, como sugiere Cassirer, “consista en sostener que el conocimiento representa una unidad sustantiva y autárquica, es decir, que encierra en sí mismo las premisas generales para llegar a resolver los problemas que se plantea, sin necesidad de invocar ninguna instancia externa y trascendente”.
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