“La transformación interna por la cual se supera la hegemonía de la estética clásica dentro de la estética, corresponde exactamente en el aspecto metódico al nuevo giro que en el pensamiento de la ciencia natural representa el tránsito de Descartes a Newton. En un caso como en otro, por caminos diversos y con recursos intelectuales muy distintos, se persigue la misma finalidad. Se trata, en ambos casos, de emanciparse de la prepotencia absoluta de la deducción; hay que hacer sitio, no contra ella sino junto a ella, a los puros hechos, a los fenómenos (…) El método de explicación y derivación tiende, cada vez, hacia la pura descripción. Esta descripción no comienza inmediatamente en las obras de arte, sino que, antes, trata de señalar y fijar el modo de captación estética. La cuestión no se plantea preferentemente a los géneros artísticos sino a la conducta artística: la impresión que la obra de arte produce en el espectador y el juicio que trata de fijarlas para él y para los demás”. (p.327)
“A lo que parece, todo tipo de trascendencia está condenada al fracaso de antemano, y no puede haber ninguna solución lógica o metafísica, sino tan sólo la rigurosamente antropológica.
La consideración psicológica, al hacer surgir lo bello de la naturaleza humana y fundarlo exclusivamente en ella, no por eso pretende hacer triunfar un relativismo absoluto, pues no convierte al sujeto individual en juez absoluto de las obras de arte. Ve también en el gusto una especie de sentido común.
(…)
Si rechaza la forma habitual de la normación estética, no quiere decir que se renuncie a toda clase de reglas… Por el contrario, evitar la arbitrariedad, descubrir una legalidad específica de la conciencia estética constituye también el objetivo de la estética como ciencia. (p.328)
Si el gusto fuera cosa de capricho ¿cómo se podrían producir esas preciosas emociones que estallan en el fondo de nuestra alma de manera tan repentina, indeliberada y pujante; esos movimientos que conmueven a nuestro yo totalmente, que ensanchan o encogen nuestro ser y provocan en nuestros ojos lágrimas de alegría o de dolor? No es posible eliminar estos fenómenos, que cada uno puede experimentar, mediante teorías conceptuales ni hacerlos vacilar mediante argumentos escépticos.
La pura deducción y el mero razonamiento resultan impotentes, pues no es posible demostrar la justeza del gusto en la misma forma en que puede serla una conclusión lógica o matemática.
La forma del pensamiento y del juicio estéticos se diferencian, con más claridad y rigor que antes, de cualquier forma de consecuencia discursiva”. (p.328)
“[En la estética clásica] todo lo brillante, oscuro y equívoco significa la muerte del concepto lógico matemático que recibe su sentido y valor genuinos gracias a su exactitud, y será tanto más perfecto cuanto más se aproxime a este ideal. La norma es otra en lo estético [diría un empirista]. En este terreno podemos señalar sin dificultad una serie de fenómenos singulares, patentes y al alcance de cualquier observación despreocupada, que, sin embargo, se hallan tan distantes de la exactitud que, con ella, no se lograría otra cosa que destruirlos.
Un pensamiento estético cobra valor y encanto no por su exactitud y nitidez, sino por la plenitud de relaciones que abarca, y este encanto no se pierde cuando no consigue abarcarla por completo, cuando no logra desarticularla analíticamente por sus elementos.
Por extraño que parezca a primera vista, podemos afirmar que frente al ideal estético de la justeza y exactitud, existe otro contrapuesto, el ideal de la inexactitud”. (p.321)
“Lo estético no surge ni prospera a la luz pura e incolora del pensamiento, pues requiere el contraste, un reparto adecuado de luz y sombra. Ambas son igualmente necesarias, porque el arte no pretende construir junto al mundo de la naturaleza una segunda realidad igualmente objetiva, sino que trata de transponerla en imagen y mantenerla en ella.
La imagen que el arte traza no se considera falta de verdad por no adecuarse al objeto ni coincidir con él, pues tiene una verdad propia, fundada en sí misma, que le es inmanente”. (p.332)
“En este análisis de la impresión estética el yo y el objeto se presentan como factores igualmente necesarios y legítimos. La determinación más precisa de esta relación causal y de la participación que en ella corresponde al “sujeto” y al “objeto”, no puede fijarse de antemano por consideraciones puramente abstractas, pues sólo de la experiencia podemos obtener la inteligencia de esta conexión.
No es posible conocer la naturaleza de lo estético por puros conceptos, y, en este dominio, el teórico no tiene otro medio para comunicar sus conocimientos y convencer a los demás que apelar a su propia experiencia interna. La impresión, a la que se enlaza toda formación conceptual estética, y a la que tiene que volver la mirada constantemente, no puede ser sustituida por ninguna deducción ni debe ser pospuesta por ella”. (p.334)
“Por eso la estética no se presenta ahora con su código en la mano delante del artista, ni pretende establecer reglas universales para el espectador, no quiere ser otra cosa que el espejo en que se miren los dos y donde se reconozcan a sí mismos, sus experiencias y vivencias fundamentales. Toda la educación y todo el refinamiento del juicio estético no puede consistir en otra cosa que en tratar de ver cada vez más claramente estas vivencias, estas impresiones originales y aprender a despojarlas de los añadidos arbitrarios y accidentales de la reflexión.
El gusto, en sentido propio, ni puede aprenderse ni pude educarse esencialmente con puras consideraciones teóricas; lo mismo que la impresión sensible, ni necesita ni es capaz de semejante educación”. (p.334)
“[Para Hume] ya no es el sentimiento quien tiene que justificarse ante el tribunal de la razón, sino que es la razón la llamada a presentarse ante el foro de la sensibilidad, de la pura impresión, para que presente sus títulos. La sentencia reza que todo el poder que la razón se ha arrogado, es contradictorio y antenatural, un poder de usurpación…” (p.335)
“En ninguna parte se puede rebatir tan fácilmente la pretensión de semejante norma de verdad y necesidad como en su campo [el de la razón, el de la filosofía escéptica], porque la experiencia de todos los días nos enseña que no existe ninguna escala fija de valores estéticos ni ha existido nunca.
[Las ciencias puramente racionales] …ni quieren ni pueden renunciar a una medida objetiva radicada en la naturaleza de las cosas. Pretenden conocer el objeto mismo, en su puro “ser en sí”, tratan de describir sus determinaciones esenciales y ven amenazados sus frutos y su meta cuando el escepticismo les planta delante las limitaciones impuestas por siempre a semejante empeño. Por eso, en el dominio de las ciencias naturales, el escepticismo es siempre un principio negativo y disolvente. Las cosas cambian cuando nos trasladamos a la esfera de los sentimientos y a los puros juicios de valor. Todo juicio de valor, entendido en lo que es, no pretende ocuparse de la cosa misma y de su constitución absoluta, sino que expresa una determinada relación entre los objetos y nosotros mismos, que somos los sujetos impresionados, los que sienten y juzgan”. (p.336)
“Al oponerse a toda falsa generalización, al pretender hacer afirmaciones, no sobre los objetos en cuanto tales sino sobre nuestra relación con ellos, puede alcanzar la adecuación que persiguen inútilmente las ciencias de lo objetivo.
El sujeto singular nunca puede pretender erigirse en juez de las cosas, pero sí es el único juez posible y legítimo para dictaminar acerca de sus propios estados.
Entre mil juicios diferentes sobre un mismo contenido real-objetivo, sólo uno puede ser justo y verdadero; la única dificultad consiste en dar con él y garantizarlo. Por el contrario, mil sentimientos y valoraciones diferentes, que se refieren al mismo objeto, pueden ser todos certeros; ningún sentimiento pretende abarcar y señalar algo objetivo, sino expresar siempre cierta conformidad o relación entre el objeto y los órganos y facultades de nuestro espíritu”. (p.337)
“Por eso podemos emitir un juicio, en cierto sentido objetivo, acerca de la belleza, pues se trata de algo, en definitiva, subjetivo, que no es una cosa sino un estado nuestro.
Beauty is no quality in things themselves; it exists merely in the mind which contemplates them, and each mind perceives a different beauty”. (p.337)
“De este modo parece extirparse el último resto de validez universal en el juicio estético, pero cuando Hume renuncia aquí, lo mismo que en dominio lógico, a toda pretensión de universalidad teórica, no por eso pretende renunciar a toda generalidad práctica.
Si no es posible hablar de una igualdad efectiva, de una identidad en el sentido lógico del vocablo, existe, sin embargo, una uniformidad empírica y ésta no permite que las diferencias de sentimiento y del juicio del gusto, inevitables y que se dan siempre, desconozcan cualquier clase de medida. Tal medida no nos la proporciona a priori la esencia de lo bello, pero sí, de manera puramente fáctica, la naturaleza de los hombres.
Si cada individuo discrepa de los demás, sin embargo, independientemente de esta discrepancia, también coincide con los demás; la misma variación tiene una amplitud determinada y una ley fija. De aquí resulta la coincidencia relativa de los juicios estéticos que podemos apreciar como fenómeno puramente fáctico”. (p.338)
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