martes, 30 de marzo de 2010

Descartes y Don Quijote

Dice Cassirer, a propósito del problema del conocimiento moderno:

El orden objetivo e inexorable de las cosas, que el pensamiento tiene que reproducir, no a su antojo sino de un modo único y necesario, tal es, ahora, la meta y el prototipo de la investigación. Esta reproducción no puede constituir una roma adaptación de lo dado. Es la actividad independiente del espíritu la que tiene que descubrir la imagen pura y tersa de la realidad. Desde el propio interior del hombre manan los descubrimientos más profundos en que se nos revelan los secretos de la naturaleza.

Esa aspiración moderna del pensamiento —la de reproducir (o representar) objetiva y necesariamente las cosas—, al provenir como de una fe en el sustrato matemático de la experiencia y del mundo empírico, podríamos considerarla un gesto de creación, o al menos de transformación cultural de la realidad en simulación de lo real. Pues por el hecho de estar erigida sobre la naturaleza de la representación, la modernidad pareciera haber inventado uno de los mayores artificios: la experiencia de configurar y rehacer la realidad, que será más objetiva mientras más acabado sea el artificio.

No entendamos ahora la palabra “artificio” sólo como mentira o ardid, sino también como “cultura”, como voluntad constructiva que busca otorgarle una imagen (una máscara) a las cosas, pero haciendo de esa imagen una realidad positiva, verificable y padecible. Me atrevo así a equiparar “artificio” y “conciencia”. Conciencia como trabajo del ser que, voluntariosamente frente a una estufa o frente al libro que cuenta sus propias hazañas, procura hallar el fundamento humanista y humanizante del ser. Me refiero a esa voluntad del espíritu que trazó los límites y los desfiladeros de la conciencia.
Descartes y Don Quijote parecieran estar detenidos en los lugares más críticos de esos desfiladeros.

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