martes, 25 de enero de 2011

Meditaciones en la tierra de nadie: Gombrich y Leonardo

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En el texto El método de elaborar composiciones de Leonardo, de Ernst Gombrich, hay tres frases o tres ideas que me gustaría comentar, a saber: “la pintura, como la poesía, es una actividad del espíritu”; “la insistencia en la invención, en el carácter espiritual del arte, puede corroer las bases de la normativa del artesanado”; “lo que preocupa al artista es su capacidad de inventar, no de ejecutar”.

Comencemos subrayando esa diferencia (moderna) entre artesanía e invención, entendida esta última palabra como “actividad del espíritu”, como libertad creadora. Es la diferencia entre el arte como vehículo de lo perfecto y metafísico, como oficio del ejecutante, “como habilidad para hacer bien algo”, y el arte entendido como huella humana, como evidencia del ingenio, como “capacidad de inventar”. Esta segunda acepción da cuenta, según Gombrich, del carácter espiritual del arte. Y por “espíritu” entiende actividad humana, voluntad de creación. El artista ya no es el vate ni tampoco nada más un técnico imitador, sino que es un inventor, un ensayista que pone la voluntad humana (razón, espíritu e imaginación) al servicio del ingenio.

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Por eso el arte, y específicamente la pintura y el dibujo, al ser laboratorios de la voluntad tienen que trabajar con el error, es decir, con el boceto, con el borrador. Gombrich compara ese trabajo con la libertad de la imaginación moderna para hacer mundos posibles, para construir ficciones. En el borrador “el artista es libre de seguir su imaginación a donde le lleve y atender a los movimientos apropiados a las situaciones espirituales de las figuras que componen su relato”.

Esto, que habla sobre la naturaleza de la ficción y su relación con el intento, con el borrón, me hace recordar a Umberto Eco, cuando dice:

El que escribe (el que pinta, el que esculpe, el que compone música) siempre sabe lo que hace y cuánto le cuesta. Sabe que debe resolver un problema. Los datos iniciales pueden ser oscuros, instintivos, obsesivos, mero deseo o recuerdo. Pero después el problema se resuelve escribiendo, interrogando la materia con que se trabaja, una materia que tiene sus propias leyes y que al mismo tiempo lleva implícito el recuerdo de la cultura que la impregna (“Apostillas a El nombre de la rosa”, en El nombre de la rosa, Editorial Plaza & Janes, España, 1977, p. 714).
La libertad, entendida como voluntad humana, se hace visible en el boceto, en “el simple garabato”. Literalmente: el dibujo, mientras ocurre, va haciendo posible un mundo, un cosmos, un ente a la vez espiritual y material que es la sustancia misma de la ilusión. La realidad de la ficción se alimenta del ingenio, del trabajo del artista “con la materia que interroga”. Se alimenta de la actividad del espíritu plasmándose en una nueva naturaleza: la del arte. Las imperfecciones del dibujo, las búsquedas del trazo, van haciendo visible la individualidad y la particularidad de esa nueva naturaleza, hija del intento, del ensayo y del error, de lo imperfecto que le va mostrando al dibujante las huellas y los fragmentos de un mundo perfecto, de una verdad humana.

Gombrich sugiere que en Leonardo el boceto es la forma plástica del ingenio. Es una herramienta para pensar, pero para pensar plasmando, experimentando lo particular desde lo particular, desde el accidente del trazo. Allí importan lo indeterminado, lo inacabado, lo impreciso para hacer visible la presencia del obrar en la obra, la marca del arte (entendido como invención, como experimento de los sentidos y de la razón) en el arte.

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El dibujo está lleno de esas marcas, que son también las marcas de lo caótico, de lo que en apariencia no tiene un orden fijo, metafísico. Pero sólo en apariencia, porque también en el caos de los cuerpos abocetados va apareciendo una ley de los cuerpos, una ley física de lo particular y de lo concreto fundada en el sustrato geométrico del dibujo. Lo indeterminado del trazo, su caos y su fragmentariedad, se van acomodando a las leyes matemáticas que rigen el comportamiento de los cuerpos en el espacio, mientras que esas mismas leyes se van haciendo visibles en la inteligencia del accidente en el dibujo, o de la mano que dibuja.

En el boceto ocurre eso que dice Ernst Cassirer sobre la filosofía de las artes plásticas en la obra de Leonardo, una filosofía que “es un esfuerzo por llegar a comprender la ley general que planea sobre lo concreto y lo domina. Pero al mismo tiempo no basta con experimentar esa ley simplemente en una fórmula abstracta, sino que debemos aspirar a captarla en su acción viva y en sus manifestaciones intuitivas”. El dibujo “pone sensiblemente ante nuestros ojos el imperio de las leyes generales de la razón”.

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A partir de estas incipientes notas especulativas podemos pensar que en el siglo XVI, el siglo de la invención de Europa, la fantasía —entendida como ingenio, es decir, como especulación racional y sensible— se convirtió en una herramienta para la investigación filosófica de los cuerpos. Pero también fue una herramienta que condujo, desde la naturaleza de la obra de arte, a comprender las leyes de la naturaleza empírica que el arte hace visible. La obra, el obrar del artista, la acción del ingenio que deviene en ficción, nos da herramientas certeras y caminos posibles para el estudio de la realidad sensible y concreta. En su ciencia de la pintura Leonardo nos dice que la imagen —esa trama de lo irreal— traza y dibuja lo posible de o en la realidad.

martes, 23 de noviembre de 2010

Meditaciones en la tierra de nadie

Las buenas preguntas hacen que las palabras discurran hacia el logos, atraídas por la fuerza de la verdad. El buen conversador permite que en sus palabras se manifieste el rastro de una naturaleza divina. La tarea del filósofo es seguir ese rastro en la palabra justa, es decir, que su tarea es aprender a preguntar.

Lo curioso es que, según Platón, el enamorado también discurre hacia el logos, aunque no a través de la palabra sino del influjo erótico. Pues hay en el bello cuerpo (que es fantasma e ídolo) el rastro de una naturaleza que no es corpórea. El enamorado, si sabe contemplar, sabe también seguir las señales de ese rastro, y así reconoce en el bello cuerpo la presencia de un discurso trascendental. Por eso la tarea del enamorado es aprender a contemplar. Contemplar como quien elabora buenas preguntas; preguntar como quien se abandona a la contemplación de la verdad.

martes, 9 de noviembre de 2010

Primer parcial de Estética I. Sección A

Escoja uno o dos de los siguientes problemas, relájese y piense:

1) Elabore una breve reflexión sobre el problema del lenguaje a partir de la relación entre dialéctica, discurso e influjo erótico que podemos encontrar en las obras platónicas.

2) “Lo único real y verdadero para el pensamiento medieval es lo invisible”. El artista trabaja con eso invisible, lo reelabora piadosamente, esmeradamente, y así se esfuerza por darle visibilidad (que es también una manera de acercar lo humano y lo divino). A partir de este problema elabore una reflexión sobre la noción medieval de mímesis, teniendo en cuenta la tesis de la proporción y la tesis de la claridad.


3) ¿Cómo podemos reconocer en este dibujo de Leonardo las marcas de una concepción artística de la realidad?

Primer parcial de Estética I. Sección B

Escoja uno o dos de los siguientes problemas, relájese y reflexione:

1) ¿Por qué, según Platón, el cuerpo bello ―que es también sombra, espejismo y muerte― nos provoca el único influjo divino que no nos aleja sino que nos acerca a la verdad?

2) Haga una lectura de este fragmento del Cántico espiritual rastreando las nociones medievales de belleza y de mímesis. Tome en cuenta las ideas de Tatarkiewicz.

3) Construya una breve historia de la mímesis desde Platón hasta Leonardo, pasando por Aristóteles y por la filosofía medieval.

martes, 26 de octubre de 2010

Meditaciones en la tierra de nadie

Me gusta creer que el mundo occidental fue inventado (o al menos reinventado) en el siglo XVI. Entonces la paideia europea había llegado a su fin: los monasterios y la teología cristiana estimularon el desarrollo de esa crisis de la cultura que llamamos Renacimiento (o renacimientos, como decía Panofsky). La metafísica abrió el camino de la física, y Dios se descubrió sensible y matemáticamente en la naturaleza y en sus leyes.

A los ojos de los hombres, la estructura del pensamiento empezó a repetirse en la naturaleza, de modo que ahora también se podía pensar experimentando, palpando la cualidad de los cuerpos, o sencillamente recorriendo un sendero o abriendo un cadáver. Todas esas cosas materiales ya no eran despojos de un mundo trascendental, sino que eran lo trascendental mismo. No eran despojos, o sombras, sino estructuras que funcionaban como una máquina, es decir, como un sistema de relaciones matemáticas.

Por eso era posible pensar viendo, pues los ojos ―ellos también matematizados― podían experimentar la gran máquina del mundo. Los sentidos estaban llenos de razones, como la naturaleza estaba compuesta por relaciones estables, fijas, constantes y verificables por el pensamiento.

Desde entonces creemos que vemos como si del ojo saliera una pirámide, y como si en la base de la pirámide hubiera una retícula, un sistema de coordenadas que proyectamos sobre las cosas. Y como a la vez creemos que las cosas están conformadas por una inmensa tela de araña estructurada matemáticamente, la experiencia de aquella retícula visual nos permite descifrar esa estructura que llamamos “naturaleza”. Así los sentidos llegaron a ser herramientas de la nueva ciencia.

Meditaciones en la tierra de nadie

Imaginemos que lo bello es lo que nos invita a pensar bien. Una progresión matemática, si está bien hecha, es bella. Gozamos cuando estamos ante una bella idea, como goza el filósofo cuando intenta pensar la verdad. Teoría (contemplación de la verdad) y aisthisis (inteligencia de los sentidos) se parecen, pues la filosofía nos produce un placer estético, mientras lo bello puede comportar un placer intelectual.

Aristóteles decía que la tragedia nos hace sentir esos dos placeres como si fueran uno solo. Eso se debe a que el arte del trágico se basa en la imitación de sentires y de conceptos universales. El trágico imita la verdad de los sentires y el contenido intelectual (espiritual) de las pasiones. Su arte nos invita a pensar bien, a la vez que afina la asithisis, la inteligencia de la sensibilidad.

martes, 19 de octubre de 2010