martes, 23 de noviembre de 2010

Meditaciones en la tierra de nadie

Las buenas preguntas hacen que las palabras discurran hacia el logos, atraídas por la fuerza de la verdad. El buen conversador permite que en sus palabras se manifieste el rastro de una naturaleza divina. La tarea del filósofo es seguir ese rastro en la palabra justa, es decir, que su tarea es aprender a preguntar.

Lo curioso es que, según Platón, el enamorado también discurre hacia el logos, aunque no a través de la palabra sino del influjo erótico. Pues hay en el bello cuerpo (que es fantasma e ídolo) el rastro de una naturaleza que no es corpórea. El enamorado, si sabe contemplar, sabe también seguir las señales de ese rastro, y así reconoce en el bello cuerpo la presencia de un discurso trascendental. Por eso la tarea del enamorado es aprender a contemplar. Contemplar como quien elabora buenas preguntas; preguntar como quien se abandona a la contemplación de la verdad.

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