Estética: ¿cultivar ―como prestar atención a― la inteligencia del cuerpo? ¿Atender ―como anhelo de entender― nuestra facultad de sentir placer y dolor? ¿O es el esfuerzo por reconocernos ante la imagen, que es también reconocernos en la imagen, pero siendo, actuando, acaeciendo como imagen?
¿Y eso qué significa? ¿Quizás tener que conducirnos como el esperanzado, el que aguarda y resguarda la aparición de algo que se oculta, algo lejano, y que a la vez se nos muestra, o se nos acerca, como una cosa única?
Estética: disciplina de la simultaneidad que indaga en lo sustituible, como la metáfora, en la que una cosa se convierte en otra cosa, y muchas cosas tejen “redes de sucesiones inconexas”. Allí “no hay ámbito enemigo. Un lirio, adversario inmediato de la sombra, se familiariza con el vaho nupcial de la noche”.
Estética: experiencia insustituible, conocimiento de la imagen, de la imago, del mago, el manipulador.
La imagen artística es un ardid, un truco, una trampa. A la estética le importa ―o le debería importar― la naturaleza de esa trampa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario