miércoles, 21 de octubre de 2009
Meditaciones en la tierra de nadie
Una naturaleza finita dentro de otra que es infinita. El accidente junto a la inmutabilidad de las formas. La materia sensible y el eidos: los contrarios describiendo el curso de una nueva naturaleza.
Las formas perfectas contienen al cuerpo, pero éste las limita y las hace posibles. Son la razón y la experiencia buscándose en el terreno de una nueva sensibilidad.
*
Escribe Cassirer: “Leonardo pone plásticamente ante nuestros ojos el imperio de las leyes generales de la razón”. Reinventa la matemática de la naturaleza, la sensibiliza, le da plasticidad. Su medio y su fin no es el número sino el trazo, el dibujo: acto, experiencia. Y seguimos a Cassirer:
“Leonardo cifra, pues, su concepto ideal de la verdad en el fecundo pathos de la experiencia, a la par que, en sentido inverso, el concepto mismo de la experiencia deriva su valor de su necesario entronque con la matemática”.
*
No una metafísica sino una ciencia física de la naturaleza: experiencia de las relaciones ordenadas entre los fenómenos; descripción de los cuerpos participando en un entramado racional, mensurable. Dibujo y pintura: la naturaleza y la percepción matematizadas, en el dibujo, se presentan como reflexión racional; en la pintura, en cambio, se presentan como pathos, como inteligencia del cuerpo.
¿Y lo bello? Pues se presenta como entronque entre esos dos principios. Es la razón comprobable y sensiblemente verificable que determina la relación entre el hombre y las cosas (entendidas ahora como procesos naturales, como fenómenos), y que sólo es posible conocer a través de la experiencia científica, de la reflexión sensible y racional, vivencial: ¿razón poética?
El orden científico del mundo se hace visible (patética y racionalmente) en la belleza.
viernes, 16 de octubre de 2009
Filósofo de Cirene enamorado del amor, por Luis Antonio de Villena
Y es que la belleza, en efecto, promete un infinito.
¿Qué ves en el hermoso cuerpo joven?
Como un día al comienzo del verano —contestó—
cuando todo es brillo y delicia.
Y la carne vibra en éxtasis dorado,
y se balancea el pelo juvenil
como las ramas más altas de los árboles,
y semeja que el minuto aquél no tendrá fin.
¿Pero no hay más? ¿No notas acaso tú,
como si el cuerpo bello fuese la frontera de otro reino?
Es eterno, te dices. Y promete además
un mundo donde la perfección será costumbre.
Y le ves brincando en la dulce alegría de sí mismo,
como un quimérico país donde el sol más benigno
y la hierba y el río jamás terminasen...
¿Ves solamente la belleza del cuerpo?
¿La armonía del torso, la flor de la cintura?
Miras también tus deseos eternamente vivos,
tu antiguo cuerpo joven siempre igual a sí mismo,
la amistad perdurable con nobles camaradas
en inmóviles días de luz y primavera,
y el continuo torrente de la sangre detenido
con él, en el momento álgido
en que pasión de piel, espasmo entre los brazos,
significa también felicidad, amor,
perfección de lo exacto, inmutable placer
en que vive la mente su carne como espíritu...
El cuerpo juvenil es mucho más que él mismo.
Permanente promesa que se cumple en promesa,
mundo de plenitud vivido en luz del mundo,
júbilo de su tacto, oro, sed, perfumes,
como si el aspirar, el palpar, la bebida,
el vuelo portentoso no concluyesen nunca...
Y es que la belleza —repitió— promete, en efecto, un infinito.
¿Qué ves en el hermoso cuerpo joven?
Como un día al comienzo del verano —contestó—
cuando todo es brillo y delicia.
Y la carne vibra en éxtasis dorado,
y se balancea el pelo juvenil
como las ramas más altas de los árboles,
y semeja que el minuto aquél no tendrá fin.
¿Pero no hay más? ¿No notas acaso tú,
como si el cuerpo bello fuese la frontera de otro reino?
Es eterno, te dices. Y promete además
un mundo donde la perfección será costumbre.
Y le ves brincando en la dulce alegría de sí mismo,
como un quimérico país donde el sol más benigno
y la hierba y el río jamás terminasen...
¿Ves solamente la belleza del cuerpo?
¿La armonía del torso, la flor de la cintura?
Miras también tus deseos eternamente vivos,
tu antiguo cuerpo joven siempre igual a sí mismo,
la amistad perdurable con nobles camaradas
en inmóviles días de luz y primavera,
y el continuo torrente de la sangre detenido
con él, en el momento álgido
en que pasión de piel, espasmo entre los brazos,
significa también felicidad, amor,
perfección de lo exacto, inmutable placer
en que vive la mente su carne como espíritu...
El cuerpo juvenil es mucho más que él mismo.
Permanente promesa que se cumple en promesa,
mundo de plenitud vivido en luz del mundo,
júbilo de su tacto, oro, sed, perfumes,
como si el aspirar, el palpar, la bebida,
el vuelo portentoso no concluyesen nunca...
Y es que la belleza —repitió— promete, en efecto, un infinito.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Imágenes de lo invisible. Octavio Armand
Lo único real y verdadero para el pensamiento medieval es lo invisible. El alma, no el cuerpo; Dios, no las maravillas de la naturaleza. Lo que puede ser tocado y trastocado por la enfermedad y la muerte, sólo la vanidad pretendería embellecer. Ilusiones, espejismos: al apartar al alma de Dios, lo visible la condena a la irrealidad. Trampas del pecado: creer en el espectáculo del mundo más que en las metáforas de la fe. Creer en la carne más que en la resurrección y en sus apetitos más que en la comunión. Imposible una ética o una estética basada en lo efímero y corrompible: la catedral se levanta sobre lo eterno. La primera piedra, siempre, es lo invisible. Las otras —agujas, bóvedas, arcos ojivales, rosetones— enlazan sus volúmenes para que se manifieste lo invisible. Las grandes vidrieras exprimen la luz, revelan su esencia y mediante imágenes que la música realza acercan los sentidos a la fuente misma del sentido, que es Dios. Organizado por una perspectiva teológica y no por una perspectiva pictórica, lo visible deja de ser una trampa para convertirse en vía de salvación. Es un velo, como decía Hugo de San Víctor. Un velo que para unos oculta lo verdadero y para otros lo insinúa, lo manifiesta. La tarea: verlo, removerlo. Anacalipsis. “Los dioses —según Homero, ese pagano— no se hacen visibles para todos”.
Octavio Armand: “Imágenes de lo invisible”, en Horizontes de juguete. Editorial Paradoxa, Buenos Aires, pp. 128-129
Octavio Armand: “Imágenes de lo invisible”, en Horizontes de juguete. Editorial Paradoxa, Buenos Aires, pp. 128-129
Meditaciones en la tierra de nadie
“Lo bello se encuentra en la magnitud y en el orden”, leemos en la Metafísica de Aristóteles. Magnitud entendida como "lo medible", lo limitado. ¿Y qué es el límite? ¿No es lo abarcable por el pensamiento? Porque el cuerpo se nos desborda en lo ilimitado. ¿Dónde acaba el índice estirado y donde comienza el espacio más allá de la piel?
El cuerpo sabe poco de diferencias. Por eso no abandona el caos. La razón, en cambio, necesita del límite. Posterga al caos, cuando no lo niega.
Para el cuerpo (que equivale a decir “para la materia inconstante”) el orden es siempre una posibilidad, no un absoluto intocable. Acontece como transformación. No se fija en lo inmutable. La razón, en cambio, tiene en la magnitud su reino. Limita porque ella misma se sustenta en la idea del límite. Detiene, en la unidad, la naturaleza cambiante de las cosas. Y para un griego como Aristóteles la unidad comportaba también el Ser, el Ser de las cosas, la realidad pensable, inmutable, fija y delimitadora.
De allí que lo bello, en tanto unidad, haya sido para el estagirita un asunto que concierne al pensamiento —y no tanto a los sentidos—, un problema de razones, de causas inteligibles. Así lo bello, “nunca definido por Aristóteles”, al decir de Cappelletti, poseía los mismos atributos que un silogismo. Invitaba a la contemplación del pensamiento ordenado, pero desde la razón, no desde el delirio sagrado. Era lo inteligible de las cosas de este mundo, de la realidad desbordada. Era contemplación de las causas y de su sustancia matriz, no retorno genésico a una realidad supracelestial.
El cuerpo sabe poco de diferencias. Por eso no abandona el caos. La razón, en cambio, necesita del límite. Posterga al caos, cuando no lo niega.
Para el cuerpo (que equivale a decir “para la materia inconstante”) el orden es siempre una posibilidad, no un absoluto intocable. Acontece como transformación. No se fija en lo inmutable. La razón, en cambio, tiene en la magnitud su reino. Limita porque ella misma se sustenta en la idea del límite. Detiene, en la unidad, la naturaleza cambiante de las cosas. Y para un griego como Aristóteles la unidad comportaba también el Ser, el Ser de las cosas, la realidad pensable, inmutable, fija y delimitadora.
De allí que lo bello, en tanto unidad, haya sido para el estagirita un asunto que concierne al pensamiento —y no tanto a los sentidos—, un problema de razones, de causas inteligibles. Así lo bello, “nunca definido por Aristóteles”, al decir de Cappelletti, poseía los mismos atributos que un silogismo. Invitaba a la contemplación del pensamiento ordenado, pero desde la razón, no desde el delirio sagrado. Era lo inteligible de las cosas de este mundo, de la realidad desbordada. Era contemplación de las causas y de su sustancia matriz, no retorno genésico a una realidad supracelestial.
domingo, 27 de septiembre de 2009
Meditaciones en la tierra de nadie
Platón pareciera decirnos que en este mundo finito, efímero y apariencial hay un espectro capaz de poner al alma memoriosa, nostálgica, recordándole su origen inmaculado. Ese espectro es una mancha bienaventurada que desvela la verdad del alma. Se trata de la efigie del cuerpo bello, de la belleza sensible —es decir, manchada, impura— que es la única materia capaz de despertar en el alma el deseo de conocerse a sí misma, en su naturaleza inmaterial.
De ello se desprende una interesante relación entre la imagen y la materia, por un lado, pero también entre la belleza corpórea —irreal— y lo bello como luz del cuerpo sin materia de lo inmortal. ¿Se trata acaso de un puente, de una bisagra entre imagen y eidos?
Pero lo bello podría ser bisagra sólo porque, como leemos en Fedro, es “la única virtud que posee resplandor en sus imágenes de este mundo”. Y es que…
Visión beatífica, luz que captamos mediante el más claro de los sentidos. Luz divinamente simbolizada en el artificio, en la imagen bella “que ha caído en la suerte de ser lo único susceptible de despertar amor”. Pues el amante es el único loco que, literalmente y gracias a su enajenación, se saca el ser del cuerpo, como quieren los filósofos.
Así la locura amorosa inicia al alma en la verdad y en el camino hacia la bienaventuranza, a través de la visión resplandeciente del amado, símbolo o manifestación sensible de “la hermosura que el amante contempla acompañada de la templanza en su alto pedestal”.
De ello se desprende una interesante relación entre la imagen y la materia, por un lado, pero también entre la belleza corpórea —irreal— y lo bello como luz del cuerpo sin materia de lo inmortal. ¿Se trata acaso de un puente, de una bisagra entre imagen y eidos?
Pero lo bello podría ser bisagra sólo porque, como leemos en Fedro, es “la única virtud que posee resplandor en sus imágenes de este mundo”. Y es que…
- la belleza pudimos verla en todo su esplendor cuando, con el coro bienaventurado, contemplamos la visión beatífica y divina iniciándonos en la iniciación que es justo considerar como la más bienaventurada.
Visión beatífica, luz que captamos mediante el más claro de los sentidos. Luz divinamente simbolizada en el artificio, en la imagen bella “que ha caído en la suerte de ser lo único susceptible de despertar amor”. Pues el amante es el único loco que, literalmente y gracias a su enajenación, se saca el ser del cuerpo, como quieren los filósofos.
Así la locura amorosa inicia al alma en la verdad y en el camino hacia la bienaventuranza, a través de la visión resplandeciente del amado, símbolo o manifestación sensible de “la hermosura que el amante contempla acompañada de la templanza en su alto pedestal”.
sábado, 19 de septiembre de 2009
Meditaciones en la tierra de nadie
¿Lo bello no se nos aparece siempre como enigma que perturba?, es decir, ¿no se nos aparece como un “problema”? Un problema de los sentidos y de la inteligencia. Pues, ¿cuáles son las consecuencias de vernos expuestos a lo bello? La perturbación atrae la ansiedad y el deseo, lo sabemos. ¿Pero qué es lo que deseamos? ¿Lo que poseemos? Cuando la belleza acontece frente a nosotros, ¿no la deseamos en la distancia que convoca, que impone como una resistencia entre ella y nosotros, nuestras pulsiones orgánicas? Y con todo, pasado el susto, nos entran ganas de preguntarnos acerca de la naturaleza de esas pulsiones y de aquello que las originó. Así convertimos otra vez nuestra perturbación en “problema”, pues es un hecho que lo bello se nos presenta como pregunta, como invitación a indagar en la naturaleza de nuestros sentimientos.
Por otro lado, podemos decir que hay un ámbito de lo humano que trabaja con esa pregunta. A ese ámbito nosotros en Occidente (si aceptamos nuestra participación en la cultura occidental) le llamamos “arte”. Pero esa palabra comporta, en sí misma, también un problema o una serie de problemas. Indagar en ellos es ya empezar a transitar el derrotero de la Estética, pues la pregunta sobre el arte nos lleva a la pregunta sobre la creación y sobre la belleza. Esas dos inquietudes, insisto, tienen su origen en el asombro y en la ansiedad (es decir, en la interpelación de nuestro ser y en la imperiosa necesidad de transformación del ser). ¿Y qué nos asombra? Pues lo que nos saca de nosotros mismos, lo que nos pone frente a la posibilidad de lo imposible, lo que nos invita a trabajar, lo difícil: la imagen y su resistencia, con su eros y con sus mañas.
De ello se desprende el hecho de que la Estética trabaja con lo mañoso, pero con las mañas del esforzado, del que sabe hacer trampas, del que vuelve la mentira en naturaleza y en verdad realizada... el mejor de los farsantes, el artista. Y, de nuevo, esa palabra, “artista”, nos vuelve a plantear una serie de problemas. ¿Cómo se ha entendido esa palabra a través de los tiempos? Esa cosa rara que nosotros llamamos “artista”, ¿siempre se ha concebido como lo hacemos nosotros? ¿Y cómo lo concebimos nosotros?
Al artista se le ha visto como a un técnico, es decir, como alguien que ejerce bien un oficio, pero también como un científico, y en ese sentido podemos estudiarlo desde el problema del conocimiento. También se ha visto como un medio entre lo humano y lo divino, como individuo que participa de lo trascendental, y así podemos verlo desde el problema del ser. Pero algunas veces el artista ha sido concebido como un maniático, como un loco o como un arrebatado enfermo, y por eso podemos estudiarlo desde los dilemas de la moral.
Todos estos problemas nos llevan a identificar una relación muy precisa entre el arte y el hombre, en tanto que esa relación apunta hacia la pregunta por el ser, hacia los problemas del conocimiento y los de la moral.
Por otro lado, si aceptamos que el arte trabaja con el artificio, con el engaño o con la mentira, es porque nos muestra las cosas como no son, falseando la realidad. Y si eso es así, es quizás porque también plantea posibilidades de realidad. De ello se desprende que el arte trabaja con lo posible y con lo invisible, pues nos descubre “cosas” que no podemos ver. ¿Y qué es lo que no vemos, qué se nos escapa? ¿La verdad? Tal vez. En todo caso debemos admitir que el arte también trabaja con la verdad, es decir, con lo que nos trasciende, con lo que nos sobrepasa como individuos. Así nos vemos obligados a identificar una relación entre el arte y las cosas, la naturaleza o la realidad.
Esas dos relaciones (arte-hombre, arte-realidad), que tomo del diccionario de filosofía de Nicola Abbagnano, pueden ayudarnos a estudiar los problemas estéticos. A ellas se les suman dos enunciados más, a saber, el de lo bello como problema filosófico, y el de las finalidades o las tareas del arte. Estudiar cómo algunos filósofos han resuelto o han respondido esos enunciados, y cómo esas respuestas han determinado la historia de las ideas estéticas, serán nuestros objetivos principales.
Por otro lado, podemos decir que hay un ámbito de lo humano que trabaja con esa pregunta. A ese ámbito nosotros en Occidente (si aceptamos nuestra participación en la cultura occidental) le llamamos “arte”. Pero esa palabra comporta, en sí misma, también un problema o una serie de problemas. Indagar en ellos es ya empezar a transitar el derrotero de la Estética, pues la pregunta sobre el arte nos lleva a la pregunta sobre la creación y sobre la belleza. Esas dos inquietudes, insisto, tienen su origen en el asombro y en la ansiedad (es decir, en la interpelación de nuestro ser y en la imperiosa necesidad de transformación del ser). ¿Y qué nos asombra? Pues lo que nos saca de nosotros mismos, lo que nos pone frente a la posibilidad de lo imposible, lo que nos invita a trabajar, lo difícil: la imagen y su resistencia, con su eros y con sus mañas.
De ello se desprende el hecho de que la Estética trabaja con lo mañoso, pero con las mañas del esforzado, del que sabe hacer trampas, del que vuelve la mentira en naturaleza y en verdad realizada... el mejor de los farsantes, el artista. Y, de nuevo, esa palabra, “artista”, nos vuelve a plantear una serie de problemas. ¿Cómo se ha entendido esa palabra a través de los tiempos? Esa cosa rara que nosotros llamamos “artista”, ¿siempre se ha concebido como lo hacemos nosotros? ¿Y cómo lo concebimos nosotros?
Al artista se le ha visto como a un técnico, es decir, como alguien que ejerce bien un oficio, pero también como un científico, y en ese sentido podemos estudiarlo desde el problema del conocimiento. También se ha visto como un medio entre lo humano y lo divino, como individuo que participa de lo trascendental, y así podemos verlo desde el problema del ser. Pero algunas veces el artista ha sido concebido como un maniático, como un loco o como un arrebatado enfermo, y por eso podemos estudiarlo desde los dilemas de la moral.
Todos estos problemas nos llevan a identificar una relación muy precisa entre el arte y el hombre, en tanto que esa relación apunta hacia la pregunta por el ser, hacia los problemas del conocimiento y los de la moral.
Por otro lado, si aceptamos que el arte trabaja con el artificio, con el engaño o con la mentira, es porque nos muestra las cosas como no son, falseando la realidad. Y si eso es así, es quizás porque también plantea posibilidades de realidad. De ello se desprende que el arte trabaja con lo posible y con lo invisible, pues nos descubre “cosas” que no podemos ver. ¿Y qué es lo que no vemos, qué se nos escapa? ¿La verdad? Tal vez. En todo caso debemos admitir que el arte también trabaja con la verdad, es decir, con lo que nos trasciende, con lo que nos sobrepasa como individuos. Así nos vemos obligados a identificar una relación entre el arte y las cosas, la naturaleza o la realidad.
Esas dos relaciones (arte-hombre, arte-realidad), que tomo del diccionario de filosofía de Nicola Abbagnano, pueden ayudarnos a estudiar los problemas estéticos. A ellas se les suman dos enunciados más, a saber, el de lo bello como problema filosófico, y el de las finalidades o las tareas del arte. Estudiar cómo algunos filósofos han resuelto o han respondido esos enunciados, y cómo esas respuestas han determinado la historia de las ideas estéticas, serán nuestros objetivos principales.
domingo, 13 de septiembre de 2009
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