Lo único real y verdadero para el pensamiento medieval es lo invisible. El alma, no el cuerpo; Dios, no las maravillas de la naturaleza. Lo que puede ser tocado y trastocado por la enfermedad y la muerte, sólo la vanidad pretendería embellecer. Ilusiones, espejismos: al apartar al alma de Dios, lo visible la condena a la irrealidad. Trampas del pecado: creer en el espectáculo del mundo más que en las metáforas de la fe. Creer en la carne más que en la resurrección y en sus apetitos más que en la comunión. Imposible una ética o una estética basada en lo efímero y corrompible: la catedral se levanta sobre lo eterno. La primera piedra, siempre, es lo invisible. Las otras —agujas, bóvedas, arcos ojivales, rosetones— enlazan sus volúmenes para que se manifieste lo invisible. Las grandes vidrieras exprimen la luz, revelan su esencia y mediante imágenes que la música realza acercan los sentidos a la fuente misma del sentido, que es Dios. Organizado por una perspectiva teológica y no por una perspectiva pictórica, lo visible deja de ser una trampa para convertirse en vía de salvación. Es un velo, como decía Hugo de San Víctor. Un velo que para unos oculta lo verdadero y para otros lo insinúa, lo manifiesta. La tarea: verlo, removerlo. Anacalipsis. “Los dioses —según Homero, ese pagano— no se hacen visibles para todos”.
Octavio Armand: “Imágenes de lo invisible”, en Horizontes de juguete. Editorial Paradoxa, Buenos Aires, pp. 128-129
Para vuestro deleite, mis queridos amigos, una hermosa cita de mi querida Hildegarde:
ResponderEliminarPensad también esto: del mismo modo que el cuerpo de Jesucristo nació por el Espíritu Santo de la pureza de la Virgen María, así también el cántico de la alabanza a Dios según la armonía celeste tiene sus raíces en la Iglesia por el Espíritu Santo. El cuerpo es el vestido del alma que tiene la voz viva. Por eso es justo que el cuerpo cante con el alma a través de la voz las alabanzas a Dios. De ahí que el espíritu profético por el significado (per significationem) ordene que Dios sea alabado con sonoros címbalos y con címbalos de júbilo, y los otros instrumentos de música que hombres sabios y fervorosos descubrieron. Pues todas las artes, que sirven al uso y necesidad de los hombres, han sido inventadas por el soplo que Dios envió al cuerpo del hombre. Por eso es justo que Dios sea alabado por todas las artes.
Hildegarde Von Bingen: Epístola XXIII
Cariños,
Andrea I
Maravillosa cita, Andrea, no la había visto.
ResponderEliminarMuchísimas gracias.