“Lo bello se encuentra en la magnitud y en el orden”, leemos en la Metafísica de Aristóteles. Magnitud entendida como "lo medible", lo limitado. ¿Y qué es el límite? ¿No es lo abarcable por el pensamiento? Porque el cuerpo se nos desborda en lo ilimitado. ¿Dónde acaba el índice estirado y donde comienza el espacio más allá de la piel?
El cuerpo sabe poco de diferencias. Por eso no abandona el caos. La razón, en cambio, necesita del límite. Posterga al caos, cuando no lo niega.
Para el cuerpo (que equivale a decir “para la materia inconstante”) el orden es siempre una posibilidad, no un absoluto intocable. Acontece como transformación. No se fija en lo inmutable. La razón, en cambio, tiene en la magnitud su reino. Limita porque ella misma se sustenta en la idea del límite. Detiene, en la unidad, la naturaleza cambiante de las cosas. Y para un griego como Aristóteles la unidad comportaba también el Ser, el Ser de las cosas, la realidad pensable, inmutable, fija y delimitadora.
De allí que lo bello, en tanto unidad, haya sido para el estagirita un asunto que concierne al pensamiento —y no tanto a los sentidos—, un problema de razones, de causas inteligibles. Así lo bello, “nunca definido por Aristóteles”, al decir de Cappelletti, poseía los mismos atributos que un silogismo. Invitaba a la contemplación del pensamiento ordenado, pero desde la razón, no desde el delirio sagrado. Era lo inteligible de las cosas de este mundo, de la realidad desbordada. Era contemplación de las causas y de su sustancia matriz, no retorno genésico a una realidad supracelestial.
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