“Pues el arte no es de las cosas que son y se originan por necesidad, ni tampoco de aquellas que lo hacen por naturaleza”. El arte es “disposición acompañada de razón verdadera relativa a la fabricación”.
En esas palabras de Aristóteles encontramos ya el reconocimiento del artificio deslindado de la naturaleza y de los oficios determinados por la necesidad, por un lado, pero también encontramos una muy sutil relación entre artificio y verdad. El artista, el fabricante, actúa sobre la materia y la transforma, es decir, actúa sobre lo transformable pero con conocimiento de causa, con “razón verdadera”. Y esa acción hace que sus productos no sean naturales. Sabe acomodar la materia a lo que ella debería llegar a ser. Le imprime potencia, posibilidad. Le permite participar de la ousía, y así modificar y acomodar —artificiosamente— los cuerpos cambiantes siguiendo un orden que los trascienda.
Pues el técnico, cuando es imitador, fija su mirada en la materia y en su esencia. Es un “conocedor” porque trabaja con conceptos universales. Reconoce lo infinito en lo finito, la presencia del motor inmóvil cuando actúa sobre los cuerpos. Por eso quiere que esa actuación se cumpla a cabalidad. Así procura acercar la materia a los conceptos, poniendo en aquélla la potencia de éstos. Y mientras más se acerca a la potencia, a lo que las cosas deberían llegar a ser, su oficio se hace menos útil, o va encontrando su utilidad en su propia naturaleza, en el placer de aproximar las cosas a su posibilidad de trascendencia.
No aspira a la mera modificación de la materia. Su oficio se centra en la imitación de lo que se puede (y se debe) llegar a ser. “Así Homero representa a sus personajes mejores; Cleofonte, similares; Egemón de Taso, el primero que compuso parodias, y Nicoares el de Cobardía, peores”. (…) “La diferencia entre la tragedia y la comedia consiste precisamente en esto: la segunda intenta representar a los hombres mejores de lo que son; la segunda, peores”.
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