domingo, 27 de septiembre de 2009

Meditaciones en la tierra de nadie

Platón pareciera decirnos que en este mundo finito, efímero y apariencial hay un espectro capaz de poner al alma memoriosa, nostálgica, recordándole su origen inmaculado. Ese espectro es una mancha bienaventurada que desvela la verdad del alma. Se trata de la efigie del cuerpo bello, de la belleza sensible —es decir, manchada, impura— que es la única materia capaz de despertar en el alma el deseo de conocerse a sí misma, en su naturaleza inmaterial.

De ello se desprende una interesante relación entre la imagen y la materia, por un lado, pero también entre la belleza corpórea —irreal— y lo bello como luz del cuerpo sin materia de lo inmortal. ¿Se trata acaso de un puente, de una bisagra entre imagen y eidos?

Pero lo bello podría ser bisagra sólo porque, como leemos en Fedro, es “la única virtud que posee resplandor en sus imágenes de este mundo”. Y es que…

    la belleza pudimos verla en todo su esplendor cuando, con el coro bienaventurado, contemplamos la visión beatífica y divina iniciándonos en la iniciación que es justo considerar como la más bienaventurada.

Visión beatífica, luz que captamos mediante el más claro de los sentidos. Luz divinamente simbolizada en el artificio, en la imagen bella “que ha caído en la suerte de ser lo único susceptible de despertar amor”. Pues el amante es el único loco que, literalmente y gracias a su enajenación, se saca el ser del cuerpo, como quieren los filósofos.

Así la locura amorosa inicia al alma en la verdad y en el camino hacia la bienaventuranza, a través de la visión resplandeciente del amado, símbolo o manifestación sensible de “la hermosura que el amante contempla acompañada de la templanza en su alto pedestal”.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Meditaciones en la tierra de nadie

¿Lo bello no se nos aparece siempre como enigma que perturba?, es decir, ¿no se nos aparece como un “problema”? Un problema de los sentidos y de la inteligencia. Pues, ¿cuáles son las consecuencias de vernos expuestos a lo bello? La perturbación atrae la ansiedad y el deseo, lo sabemos. ¿Pero qué es lo que deseamos? ¿Lo que poseemos? Cuando la belleza acontece frente a nosotros, ¿no la deseamos en la distancia que convoca, que impone como una resistencia entre ella y nosotros, nuestras pulsiones orgánicas? Y con todo, pasado el susto, nos entran ganas de preguntarnos acerca de la naturaleza de esas pulsiones y de aquello que las originó. Así convertimos otra vez nuestra perturbación en “problema”, pues es un hecho que lo bello se nos presenta como pregunta, como invitación a indagar en la naturaleza de nuestros sentimientos.

Por otro lado, podemos decir que hay un ámbito de lo humano que trabaja con esa pregunta. A ese ámbito nosotros en Occidente (si aceptamos nuestra participación en la cultura occidental) le llamamos “arte”. Pero esa palabra comporta, en sí misma, también un problema o una serie de problemas. Indagar en ellos es ya empezar a transitar el derrotero de la Estética, pues la pregunta sobre el arte nos lleva a la pregunta sobre la creación y sobre la belleza. Esas dos inquietudes, insisto, tienen su origen en el asombro y en la ansiedad (es decir, en la interpelación de nuestro ser y en la imperiosa necesidad de transformación del ser). ¿Y qué nos asombra? Pues lo que nos saca de nosotros mismos, lo que nos pone frente a la posibilidad de lo imposible, lo que nos invita a trabajar, lo difícil: la imagen y su resistencia, con su eros y con sus mañas.

De ello se desprende el hecho de que la Estética trabaja con lo mañoso, pero con las mañas del esforzado, del que sabe hacer trampas, del que vuelve la mentira en naturaleza y en verdad realizada... el mejor de los farsantes, el artista. Y, de nuevo, esa palabra, “artista”, nos vuelve a plantear una serie de problemas. ¿Cómo se ha entendido esa palabra a través de los tiempos? Esa cosa rara que nosotros llamamos “artista”, ¿siempre se ha concebido como lo hacemos nosotros? ¿Y cómo lo concebimos nosotros?

Al artista se le ha visto como a un técnico, es decir, como alguien que ejerce bien un oficio, pero también como un científico, y en ese sentido podemos estudiarlo desde el problema del conocimiento. También se ha visto como un medio entre lo humano y lo divino, como individuo que participa de lo trascendental, y así podemos verlo desde el problema del ser. Pero algunas veces el artista ha sido concebido como un maniático, como un loco o como un arrebatado enfermo, y por eso podemos estudiarlo desde los dilemas de la moral.

Todos estos problemas nos llevan a identificar una relación muy precisa entre el arte y el hombre, en tanto que esa relación apunta hacia la pregunta por el ser, hacia los problemas del conocimiento y los de la moral.

Por otro lado, si aceptamos que el arte trabaja con el artificio, con el engaño o con la mentira, es porque nos muestra las cosas como no son, falseando la realidad. Y si eso es así, es quizás porque también plantea posibilidades de realidad. De ello se desprende que el arte trabaja con lo posible y con lo invisible, pues nos descubre “cosas” que no podemos ver. ¿Y qué es lo que no vemos, qué se nos escapa? ¿La verdad? Tal vez. En todo caso debemos admitir que el arte también trabaja con la verdad, es decir, con lo que nos trasciende, con lo que nos sobrepasa como individuos. Así nos vemos obligados a identificar una relación entre el arte y las cosas, la naturaleza o la realidad.

Esas dos relaciones (arte-hombre, arte-realidad), que tomo del diccionario de filosofía de Nicola Abbagnano, pueden ayudarnos a estudiar los problemas estéticos. A ellas se les suman dos enunciados más, a saber, el de lo bello como problema filosófico, y el de las finalidades o las tareas del arte. Estudiar cómo algunos filósofos han resuelto o han respondido esos enunciados, y cómo esas respuestas han determinado la historia de las ideas estéticas, serán nuestros objetivos principales.

domingo, 13 de septiembre de 2009